Un principio sustancial de la ingeniería es que para cambiar algo en un sistema se debe poder medir aquello que se quiere cambiar. Tiene sentido: si no puedo medir lo que hago, ¿cómo saber si lo he hecho? Si quiero que un motor contamine menos, debo poder medir la contaminación.

Esto, para mentes del siglo XXI, puede parecer obvio, pero no lo es tanto. Cuando Aristóteles, uno de los gigantes intelectuales de la humanidad, escribía sus tratados sobre la naturaleza, nunca pensó en medir y comprobar sus afirmaciones. Durante miles de años los humanos asumimos que una piedra de 50 kilos cae a más velocidad que una de un kilo, hasta que Galileo decidió comprobarlo y con ello dar el disparo de salida de la carrera hacia la Ilustración (nota: caen a la misma velocidad).

Hay que evaluar las actuaciones públicas, medir los resultados de lo que se dice o propone

En el mundo financiero, afición profesional de este articulista, existe un principio equivalente: lo que no se pueda medir en ­euros financieramente no existe. Así pues, la forma de medir la actuación de una empresa es su cuenta de resultados. Si no se pueden medir los euros, se es un vampiro mirando un espejo o como decía Emilio Botín: “Lo que no son cuentas son cuentos”. Es la contabilidad la que permite que los accionistas juzguen a las empresas y son los auditores externos los que validan las cuentas.

Hay limitaciones importantes ya que hay cosas difíciles de cuantificar y valorar, como la calidad de una broma o, ya en el mundo empresarial, ¿cómo saber si un departamento de recursos humanos hace bien su trabajo? El mundo de la empresa a menudo responde a esa pregunta con un encargo a terceros para que juzguen cualitativa y cuantitativamente funcionamientos y resultados. La solución no es perfecta y se dan casos de manipulación y errores importantes, pero los informes independientes sirven como referencia y en algunos casos dan información muy valiosa. Que estas soluciones funcionen depende de la disciplina, buena fe y capacidad de los actores.

En Catalunya ya oímos el vagido de un nuevo ‘think tank’, Associació Catalunya sense Límits, que impulsa la evaluación de actuaciones públicas

Esto nos lleva al sector público: ¿cómo medir la incidencia y la calidad del trabajo de los diferentes ámbitos de la administración?, ¿cómo medir el trabajo de la policía, sanidad, educación o la oposición? Si preguntamos a ministros, consejeros u oposición, nos darán una información de parte. Lógico, porque hay pocas cosas más peligrosas en política que hacer autocrítica, ya decía el tory Alan Clark que “no hay verdaderos amigos en la política, todos somos tiburones dando círculos y esperando a que aparezcan rastros de sangre en el agua”. Nadie quiere hacer de orate.

Así pues, ¿cómo ser más específicos al valorar la actuación pública? Otros países miden el impacto de sus administraciones con agencias de valoración independientes, auditores especializados en juzgar y valorar actuaciones públicas. En España existe la Airef, un caso valioso y respetado de agencia de valoración independiente. Estas agencias pueden ser públicas o surgir de la sociedad civil y ayudan a los votantes a opinar y obligan a todos a medir mejor las propuestas y valorar de forma más rigurosa su impacto. En Barcelona, por ejemplo, un organismo independiente hubiese podido ayudar en los debates sobre el aeropuerto o los JJ.OO. de invierno.

En Catalunya ya oímos el vagido de un nuevo think tank, Associació Catalunya sense Límits, que precisamente impulsa la evaluación de actuaciones públicas. Apoyemos las evaluaciones y tengamos la obsesión de medir los resultados de lo que se dice o propone tal y como nos enseñaron Copérnico, Galileo y Newton cuando decidieron comprobar cosas.

Articulo escrito en la Vanguardia: Más Newton y menos Aristóteles, por Marc Murtra (lavanguardia.com)

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