El reto más esencial en la toma de decisiones en la vida, en la empresa y en la política, seguramente es saber priorizar bien. En lo personal podemos aspirar a mantener grandes amistades, a desarrollar una carrera profesional exitosa, a combinar la concupiscencia con la espiritualidad, a tener un cuerpo de superhéroe y una gran relación con la familia, pero uno no puede hacer bien tantas cosas: cada una de ellas requiere tiempo, cariño y esfuerzo, y ninguna es fácil. Uno no puede ser bueno en fútbol, ballet y esgrima.

Al discutir estrategias empresariales y políticas nos pasa lo mismo. Es muy difícil que una empresa sea competitiva en diseño, hard­ware, software y costes porque cada una de estas áreas requiere capacidades y reflexiones diferentes. Tampoco es posible que un Estado priorice reformar la educación, la sanidad y la seguridad a la vez, porque los recursos y la capacidad de reformar son limitados.

Priorizar es, pues, asignar los recursos a las actuaciones que se consideren más importantes. El elemento eidético aquí es más . Eso implica decir no a asignar recursos a actuaciones que son muy importantes pero que no se pueden priorizar, y eso es a menudo doloroso: desatender a la familia para trabajar más o no incrementar las pensiones para someter el déficit público. Priorizar en la práctica es muy difícil y por eso muchas personas, empresas y países no son capaces de hacerlo. Habitualmente todo acaba siendo prioritario y por tanto nada lo es, simplemente se va reaccionando a los acontecimientos a medida que ocurren.

Que una empresa o un país adquiera competencias tecnológicas superiores a las de otras empresas o países también es muy difícil y tiene que ver con priorizar. Así la realidad es que son muy pocos los países que tengan motores de búsqueda con tecnología propia en internet, que sepan montar sistemas avanzados de control aéreo o que sepan diseñar redes de telefonía móvil 5G.

Tener competencias tecnológicas avanzadas y raras es muy beneficioso para las empresas propietarias ya que les permite obtener beneficios elevados, típicamente proporcionales a la importancia del problema que solucionan y a la falta de alternativas a su producto. Podemos ver que la mayoría de las empresas más valiosas del mundo son empresas tecnológicas. Para los países que las hospedan significa mayor riqueza, más ingresos tributarios y mayor conocimiento tecnológico al servicio del Estado.

Se puede observar que España y los fondos europeos han priorizado fuertemente la tecnología en sus presupuestos, no es un fenómeno nuevo y es algo que alabar públicamente. Si queremos ser un país tecnológicamente avanzado, deberemos priorizar más actuaciones como, por ejemplo, la adquisición pública de productos tecnológicos avanzados, aunque esto necesariamente genere mayor incertidumbre a la Administración, la promoción de carreras tecnológicas por encima de otras y la adaptación de la regulación a las nuevas realidades tecnológicas a costa de disgustar a la realidad incumbente.

Para que un edificio nuevo sea un éxito, no todo depende de los arquitectos. Si queremos ser tecnológicamente avanzados, los ciudadanos y las empresas también deberemos priorizar la tecnología: usándola y aceptándola, a pesar de que signifique cambiar de hábitos; apoyándola, aunque genere obsolescencia entre grupos afines, e invirtiendo en ella. Si decidimos hacerlo, recordemos lo que Polonio dijo de Hamlet: “Puede ser locura, pero hay un método en ella”.

Articulo escrito en la Vanguardia:

https://www.lavanguardia.com/opinion/20210901/7692184/locura-necesaria.html

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