No es sencillo prestar atención a asuntos que son importantes pero aburridos o rutinarios en estos tiempos de Netflix, Eurocopa y covid. No es un fenómeno nuevo, claro está: en los noventa algunos estudiábamos cálculo infinitesimal en tiempos de carpas, Dream Team y hombreras. Ya el gran Pericles se enfrenta a un dilema parecido ante una oración fúnebre a los caídos en la guerra del Peloponeso, el demócrata ateniense quiere resaltar la valentía de los muertos en combate en una época de guerras cuasipermanentes, sabe que los amigos de los caídos considerarán sus elogios insuficientes y que el resto tenderá a pensar que lo que dice es una hipérbole rutinaria. Pericles resuelve la situación con un discurso que sigue impactando, 2.500 años más tarde, como loor al ciudadano, al servicio público, al mérito y a la deliberación. Los demás, cuando queramos resaltar algo importante pero más o menos rutinario o aburrido, deberemos contentarnos con tener menos impacto que Pericles.

Este es el caso al discutir los fondos Next Generation, las inversiones multimillonarias que impulsa la UE para superar la crisis, inversiones gigantescas que serán financiadas por la misma Unión, o sea por sus estados más ricos. Es un asunto que se ha tratado prolijamente y que es generalmente aceptado al igual que uno acepta una auditoría: es importante, pero no precisamente apasionante.

Aprovechar bien la oportunidad de los fondos Next Generation será muy difícil

Es una pena y un error. No debemos dejar que nuestro instinto, muy enfocado a lo espectacular e inmediato, nos engañe. Discutir fondos europeos puede ser tan aburrido como ir a un análisis de sangre, pero seguramente no es exagerado decir que es nuestra mayor oportunidad desde que entramos en la UE. En pocos años van a llegar a España ingentes cantidades de recursos económicos con un objetivo transformacional: reactivar y modernizar nuestra economía vía inversiones estratégicas. Es una transformación que, para bien o para mal, quiere provocar el cambio vía inversión, no vía reformas o ajustes.

Son unas oposiciones a la modernidad. Sepamos también que será extraordinariamente difícil aprovechar bien esta oportunidad: hay que idear, elegir y ejecutar proyectos taxonómicamente impactantes: actuaciones que generen conocimiento valioso, de difícil adquisición, que fuercen las colaboraciones multiorganizacionales para crear mayor impacto y que sobre todo mejoren la productividad de amplias capas de nuestra sociedad. Recordemos que la productividad es la base de la prosperidad y es esencial para lograr una economía medioambientalmente sostenible. Además es buena ocasión para pensar a 20 años vista. Para todo ello hará falta que las normas de acceso a los fondos promuevan estos objetivos, que se alineen administraciones, que haya equipos de elección y seguimiento altamente especializados y u tilizar inteligentemente una legislación que prioriza el garantismo administrativo, no la agilidad, los resultados o la innovación. Habrá que obtener un buen equilibrio entre riesgo y retorno, esto significa aceptar que no todo saldrá bien. Todo, en poco tiempo. Los griegos ya decían que la diosa Fortuna es caprichosa.

Para conseguir nuestros objetivos deberemos ser capaces de no polemizar, saber exigir, entender qué errores son esperables y realizar un esfuerzo colectivo de responsabilidad, ambición, sobriedad y gestión. Es cosa de todos. Algunos dicen que España solo hace las cosas bien cuando está al límite, demostremos que también, por ejemplo, gestionamos bien el aburrimiento.

Articulo escrito en la Vanguardia:

https://www.lavanguardia.com/opinion/20210720/7613957/fortuna-favorece-aburridos.html

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